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Mostrando entradas de septiembre, 2018

PROCESIÓN

El ocaso anunciaba el final de otro día con el “sol de venados” que iluminaba la montaña cuando caía en el caserío llamado por sus habitantes El Hueco -por encontrarse entre las montañas a ocho horas de la capital-; Armando apagaba la sierra eléctrica, organizaba minuciosamente sus herramientas y después de un fatigado día de trabajo, sacudía de los hombros, brazos y pecho esa mezcla entre sudor y aserrín. Armando se dirigía con una pequeña toalla de manos hacia la pileta rocosa que estaba al frente de su taller, y mientras bebía refrescantes sorbos de agua que emanaba directamente de la quebrada El Arrullo, mojaba su cabeza en un complaciente ritual para finalizar su jornada, también disfrutaba de como la luz cedía paso a la sombra, como si cayera el telón en ese interminable escenario, para dar paso a un nuevo acto de aquella historia. Mientras en la montaña solo se podía ver a lo lejos la luz que emitían algunos bombillos amarillos y blancos, Armando recordó que esa noche...

UBICUIDAD

Una avioneta cruzaba el cielo mientras Martín tomaba su dosis vespertina de Bienestarina en el sofá de la sala, ubicado cerca de la ventana para recibir el viento que lo arrullaba. Disfrutando del aroma acanelado y su textura espesa, Martín gozaba de la plenitud que le ofrecía chupar su biberón. Esa tarde, algo interrumpió la solemnidad de ese instante, fue un ave, un petirrojo, que se posó inquieto en la ventana y en vez de un trino, de su pico se escuchó un ladrido, luego la voz de un niño que gemía y en el fondo, el viento traía murmullos de campanillas y cantos de aves   que se fundían con el motor lejano de aquella avioneta. Martín atraído por la vistosidad de aquella aparición traducida en el rojo bermellón del pecho del ave, rápidamente se incorporó sin soltar un instante su tetero, sentándose en el sofá y sobre el borde del mueble se deslizo para dirigirse hacia la ventana. Sus pasos eran mucho más pesados, como si por la voluptuosidad de su ansiedad no pudiera...

ETÉREO

Imagen
La luz penetró a través de su pantalla, Ernesto, un hombre joven lleno de vigor y sin paz en su corazón, sentado en su silla pensó: -Si no lo hago hoy, mañana me encontraré en el mismo lugar, igual de cansado, igual de turbado, igual de solitario, con las mismas ganas de querer avanzar, pero aquí atascado. Miro sus manos a contraluz, se levantó de la silla, fue del escritorio a la cocina y sin sentir hambre, quiso comer algo, busco en la alacena y   encontró un trozo de pan que el día anterior había comprado y lo acompaño con una taza de agua panela. No tenía nada más en mente, esa noche luego de comer su tentempié, limpió su boca, se sentó, esta vez en una silla plegable de pino que tenía en el jardín, y cerrando   sus ojos, vio  antiguos amores, frutos que pudo cosechar pero ya no podría disfrutar, ahora su vida era la de un ser etéreo, fantasmal, un ser que podía vivir entre los espacios de un recuerdo o morir a medida que los segundos pasaban ante s...