PROCESIÓN
El ocaso anunciaba el final de otro día con el “sol de venados” que iluminaba la montaña cuando caía en el caserío llamado por sus habitantes El Hueco -por encontrarse entre las montañas a ocho horas de la capital-; Armando apagaba la sierra eléctrica, organizaba minuciosamente sus herramientas y después de un fatigado día de trabajo, sacudía de los hombros, brazos y pecho esa mezcla entre sudor y aserrín. Armando se dirigía con una pequeña toalla de manos hacia la pileta rocosa que estaba al frente de su taller, y mientras bebía refrescantes sorbos de agua que emanaba directamente de la quebrada El Arrullo, mojaba su cabeza en un complaciente ritual para finalizar su jornada, también disfrutaba de como la luz cedía paso a la sombra, como si cayera el telón en ese interminable escenario, para dar paso a un nuevo acto de aquella historia. Mientras en la montaña solo se podía ver a lo lejos la luz que emitían algunos bombillos amarillos y blancos, Armando recordó que esa noche...