PROCESIÓN
El ocaso anunciaba
el final de otro día con el “sol de venados” que iluminaba la montaña cuando caía
en el caserío llamado por sus habitantes El Hueco -por encontrarse entre las
montañas a ocho horas de la capital-; Armando apagaba la sierra eléctrica,
organizaba minuciosamente sus herramientas y después de un fatigado día de
trabajo, sacudía de los hombros, brazos y pecho esa mezcla entre sudor y
aserrín.
Armando se
dirigía con una pequeña toalla de manos hacia la pileta rocosa que estaba al
frente de su taller, y mientras bebía refrescantes sorbos de agua que emanaba
directamente de la quebrada El Arrullo, mojaba su cabeza en un complaciente ritual
para finalizar su jornada, también disfrutaba de como la luz cedía paso a la
sombra, como si cayera el telón en ese interminable escenario, para dar paso a
un nuevo acto de aquella historia.
Mientras en la
montaña solo se podía ver a lo lejos la luz que emitían algunos bombillos
amarillos y blancos, Armando recordó que esa noche debía ir a la boda de Clemente,
-un conocido con quien tenía una buena amistad debido a su carácter taciturno y
la manera culta de expresar cada idea; Se conocieron una noche cuando terminaba un
trabajo en el pueblo-, le había dado su palabra de acompañarlo en esa
celebración así fuera solo durante el brindis, sin embargo en ese mismo
instante, escuchó un zumbido creciente que terminó en un estallido casi silente.
Se dirigió a su casa
labrada en madera de acacia y güadua, con bases y cimientos palafíticos para
compensar el terreno faltante por la pendiente de la colina en la que estaba
levantada, el techo fabricado a dos aguas en lámina de zinc y una sobrecubierta
de hoja de palma para minimizar el abrazante calor del medio día.
Intento encender
el bombillo de la casa pero no prendió, caminó hacía la cocina con la poca luz
natural que aún lograba filtrarse por la puerta y la ventana, y en el cajón
inferior de la alacena encontró una vieja linterna Winchester cromada de mango
alargado y corrugado, cuya luz –al encenderla- parecía estar extinguiéndose debido
a la baja carga de las baterías, y entrando en su única habitación, se agachó
para ubicar los zapatos menos trajinados que pudieran hacer juego con alguna
pinta apropiada para esa ocasión.
Mientras iluminaba
la parte baja de la cama, la poca luz de la linterna se extinguió, y al no
reaccionar como en otras ocasiones por un ligero golpe en su foco, decidió
tomarla con las dos manos para destapar el contenedor de baterías, sacarlas e
invertir su orden.
La linterna por
unos segundos nuevamente dio luz, esta vez con menos intensidad pero sirvió para
que Armando alcanzara a ver un baúl marrón que hasta hacía pocos segundos no
parecía estar ahí, llevado por la curiosidad de saber que contenía aquel baúl,
puso la linterna en el suelo y lo arrastro hacía el.
Tomo nuevamente
la linterna que ahora ya no iluminaba, corrió hacia la cocina y cerca de la
estufa de petróleo encontró un par de cerillos y una veladora blanca que había
tomado hacía tres días de un pequeño montículo de piedras –organizadas a manera
de altar mortuorio, en la bifurcación al lado del camino que conduce al pueblo-
cuando regresaba ebrio esa noche, en ese instante creyó ver la imagen de una
mujer angustiada y con un aire melancólico muy marcado, vestida con un traje
talar beige, la llamó susurrando.
-¿Abuela?, -y pensó
en medio del susurro-, no, no puede ser.
Aquella figura
fantasmal correspondía a su abuela Emília, quien a los diez y seis años le
contaba sobre las “animas benditas del purgatorio”, cuando esperando algún
favor les encendía veladoras para guiarlas y a cambio pedir por su eterno
descanso, sintió un escalofrío en su espalda y el viento sereno rozó su mejilla
derecha.
El ánima de su
abuela se detuvo, dirigió su mirada hacia él y le dijo con voz lejana:
-¿qué quieres de
mí?
El sin saber que decir
y entre balbuceos, casi sin poder mediar palabras, respondió:
-De ti nada, ¿más
que puedo hacer por ti?
-Quiero la luz
que me trae paz, por mi puedes orar, mi memoria honrar y nunca más nuestro
sueño perturbar.
Armando encendió
aquella fúnebre veladora, rezando un Padrenuestro y se dirigió al cuarto
nuevamente, las tablas del piso crujían a cada paso con más intensidad, y un
eco se escuchaba como si alguien más estuviera ahí acompañándolo, siguiéndolo en
una procesión, mientras decían:
-Devuélvenos la
luz, devuélvenos la luz, devuélvenos… (El viento sopló impetuosamente agitando
las tejas de zinc y las voces parecían perderse entre el ruido, pero ahí
estaban)…la luz, devuélvenos la luz.
Al acercarse al
viejo baúl y poner aquella veladora sobre el cabezal de su cama, vio en las
cuatro paredes de ese humilde cuarto como se proyectaban las sombras de una
compañía que danzaba en su pared, semejando la celebración de un aquelarre.
Sus grandes manos
callosas de repente estaban sucias por el polvo de la tierra húmeda, parecía
que hubiera escavado una tumba con sus propias manos, detalló la forma de aquel
baúl que en realidad parecía ser un pequeño ataúd, estaba cubierto por un poco
de tierra como recién desenterrado, escuchó entre las figuras danzantes la risa
juguetona de un niño y, por un instante quedo paralizado por el horror de
pensar que estaba enloqueciendo.
Teniendo medio
abierto el baúl y como si su mano fuera guiada por esa figura blanca de mujer,
lo abrió completamente para descubrir en su interior un impecable traje doblado
cuidadosamente que cubría un pequeño sobre amarillento desgastado por la
polilla y el tiempo.
Tomo el sobre
entre sus manos, y todo ese alboroto cesó en las paredes, la infantil risa
juguetona ahora se había tornado en un llanto caprichoso y la respiración de Armando
se intensificaba al ritmo de su corazón, que contrastaba con ese silencio
espeluznante que permitía escuchar el delicado crujir del papel viejo.
Armando, ajeno a
su razón, aturdido por el extraño suceso, comenzó a quitar la ropa de su cuerpo
y a vestir aquel traje que ahora le pertenecía, primero se puso el pantalón de
dril negro, luego una camisa de lino blanco que era cubierta por una chaqueta
gris con un pañuelo de seda roja en su bolsillo izquierdo, guardo el sobre en
el bolsillo interior de la prenda sobrepuesta, calzo sus zapatos y, tomando la
veladora, inició esa procesión seguido por sus lúgubres acompañantes.
Sin saber más
rezos que el Padrenuestro y el Ave María, y sin querer voltear por un solo
instante su cabeza para mirar si realmente alguien lo seguía, continuó repitiendo
los rezos hasta llegar al lugar donde se encontraba aquel montículo que él
había profanado hacía ya tres noches, ubicó la veladora sobre aquel altar y
dirigió sus pasos ahora en dirección a la casa de Clemente, quien al recibirlo advirtió
que no estaba en sus cabales como de costumbre, entonces le preguntó:
-¿Estas bien
Armando?, ¿Qué te pasó en las manos?
Armando perplejo
y sin poder responder una sola palabra, solo pudo mirar sus manos sin recordar
nada, y extrañado por su apariencia, metió su mano callosa, sucia y bañada por
parafina al bolsillo interior de la chaqueta, sacó el sobre y se lo entregó a
Clemente, intuyendo que él era el remitente de aquel mensaje.
Clemente sin
entender aún nada de lo que había sucedido y sin quitar la mirada de los ojos
de Armando, fue abriendo lentamente el sobre, teniendo mucho cuidado de no deshacerlo
entre sus manos, y al abrirlo pudo ver la foto que contenía, reconoció a su
padre muerto, ya hacía trece años que había desaparecido, antes de que encontraran
el cadáver tres días después al lado del camino que conduce al pueblo-en la
bifurcación-, con ese mismo traje que
ahora Armando llevaba puesto, y aún conservaba en el bolsillo izquierdo el paño
de seda roja que el mismo le había entregado para que recordara que lo estaría
esperando, sin imaginar que por última vez lo estaba despidiendo, y así,
reencontrarlo trece años después encabezando una procesión fantasmal y la
locura de Armando.
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