ETÉREO



La luz penetró a través de su pantalla, Ernesto, un hombre joven lleno de vigor y sin paz en su corazón, sentado en su silla pensó:

-Si no lo hago hoy, mañana me encontraré en el mismo lugar, igual de cansado, igual de turbado, igual de solitario, con las mismas ganas de querer avanzar, pero aquí atascado.

Miro sus manos a contraluz, se levantó de la silla, fue del escritorio a la cocina y sin sentir hambre, quiso comer algo, busco en la alacena y  encontró un trozo de pan que el día anterior había comprado y lo acompaño con una taza de agua panela.

No tenía nada más en mente, esa noche luego de comer su tentempié, limpió su boca, se sentó, esta vez en una silla plegable de pino que tenía en el jardín, y cerrando  sus ojos, vio antiguos amores, frutos que pudo cosechar pero ya no podría disfrutar, ahora su vida era la de un ser etéreo, fantasmal, un ser que podía vivir entre los espacios de un recuerdo o morir a medida que los segundos pasaban ante sí.

Abrió sus ojos y nuevamente se encontró allí, sentado, estático y rezagado en comparación a su proyecto de vida, esa no era la vida que soñaba pero sí era aquella que la costumbre le estaba enseñando a amar, vio sus sueños de viajar, de emprender, de adquirir y estudiar, vividos por otras personas, y el suyo, se estaba volviendo parte de un paisaje frío, con algunas tonalidades azul verdosas que le recordaban que aún estaba vivo y a su vez le llenaban de esperanza en una nueva oportunidad para intentarlo.

Esa noche quiso cerrar nuevamente sus ojos, su respiración se exaltaba cada vez que un antiguo amor llegaba a su mente, turbando así su corazón  con una especie de flagelo que le acertaba sobre sus lomos como cuando el domador  reprende la bestia para reprimir sus instintos salvajes amedrentandola, así, por la culpa de no haber sido más valiente y sincero consigo mismo, Ernesto se sentía aturdido y emocionalmente más agotado. Ernesto no quería detenerse ante esos amores frustrados que se viven en silencio y que soportó con la absurda templanza del que ayuna para cumplir una dieta, comenzó a controlar su respiración, inhalaba y exhalaba calmamente, una y otra vez, en su mente se dibujó un paisaje reflejo de su interior.

Se encontraba visualizando un paraje de clima templado entre las montañas del sur-occidente colombiano, posiblemente en algún lugar del kilómetro 18 que conduce de Cali a Buenaventura.

Estaba entre un bosque de pinos no muy espeso, que le recordaban aquellos parajes en los que tantas veces se deleito entre los placeres carnales, tal vez a las afueras de aquel cuerpo vegetal, el viento soplaba serenamente trayendo consigo por algunos instantes, el aroma de la canela y del chocolate que preparaban en algunas cabañas aledañas y hacía que en su paladar casi pudiera ser degustado.

Su mente se iba serenando con cada inhalación, su percepción era mucho mejor en cada exhalación.

Se vió a si mismo reflejado en el éter como en un espejo, era el haciendo parte de un paisaje cuyas fronteras eran su imaginación.

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