LUZ EN LA TINIEBLA


Al salir de casa la niebla se extendía hasta lo profundo de la calle, Arturo respiró profundamente con la intensión de llenar sus pulmones del aire fresco de la mañana, pero en vez de eso sintió como su interior era inundado por un vapor cálido, denso y turbio que a duras penas le sirvió para respirar.

Arturo la extrañaba sin saber que nombre tenía, ella persistía entre sus pensamientos todo el día, cada hora, en cada instante de esa monocromática rutina a la que no se había acostumbrado todavía.

Luego de un día de trabajo casi interminable frente a la máquina de escribir Perkins, Arturo regresó a casa guiado por su bastón mientras el sol se ponía durante el ocaso, parado frente a la puerta, soltó su bastón contra la pared, metió su mano derecha en el bolsillo, saco la llave que luego introdujo en la cerradura y, la giró para abrir la puerta.

Sabía que ahí estaba frente a él, reposando sobre el sofá,  inmutable, silenciosa, esperando por él, suavemente Arturo se acercó a ella dejando sus afanes en la calle, la tomo firmemente con su mano izquierda, la abrazo para que descansara sobre su cuerpo mientras él tomaba asiento y así, disfrutar mejor su compañía, Arturo deslizó su mano sobre el cuello delgado finamente labrado y al tañer cada cuerda, escuchó la armonía resonando en su cuerpo.

Cada nota que de ella brotaba, vibraba en un solo acorde desde su corazón al ritmo de un blues o una bossa nova, su alma se fue abriendo a cada sonido, y así, sus labios pronunciaron el nombre que se convirtió en versos y luego en una canción.

                                                                                             -Luz…

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