Una avioneta cruzaba el cielo mientras Martín tomaba su dosis vespertina de Bienestarina en el sofá de la sala, ubicado cerca de la ventana para recibir el viento que lo arrullaba. Disfrutando del aroma acanelado y su textura espesa, Martín gozaba de la plenitud que le ofrecía chupar su biberón. Esa tarde, algo interrumpió la solemnidad de ese instante, fue un ave, un petirrojo, que se posó inquieto en la ventana y en vez de un trino, de su pico se escuchó un ladrido, luego la voz de un niño que gemía y en el fondo, el viento traía murmullos de campanillas y cantos de aves que se fundían con el motor lejano de aquella avioneta. Martín atraído por la vistosidad de aquella aparición traducida en el rojo bermellón del pecho del ave, rápidamente se incorporó sin soltar un instante su tetero, sentándose en el sofá y sobre el borde del mueble se deslizo para dirigirse hacia la ventana. Sus pasos eran mucho más pesados, como si por la voluptuosidad de su ansiedad no pudiera...
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